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Ruta por las casas del Ratoncito Pérez en el centro de Madrid

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Madrid es un dechado de singularidades. De esas ciudades que descubres una y otra vez, ya sea que la camines con o sin intención alguna.

En una de esas caminatas me encontré con la casa del Ratoncito Pérez. Sí, ese mismo: el que se lleva los dientitos de los niños cuando empiezan a mudarlos y deja regalos o monedas bajo la almohada.

Iba por la calle Marqués Viudo de Pontejos, en pleno centro, cuando una pequeña ventanita pegada a la pared me obligó a detenerme. “¡Párate ahí!”, pensé. Y me asomé.

Lo que encontré fue hermoso.

Una casa diminuta, pero acogedora, cuidadosamente amueblada y abierta a la mirada curiosa de cualquiera. Lo primero que te recibe es una alfombra que dice “Bienvenida/o”, como si supiera que alguien llegaría sin previo aviso.

Allí estaba él: el Ratoncito Pérez, sentado, como esperando visita. A su lado, una mesa con sus sillas; cerca, jamón, morcilla y fuet listos para una buena comida. Una pequeña escalera —quizás para cambiar las bombillas— y una lámpara que ilumina con calidez todo el espacio.

Al otro lado, una máquina de coser con sus hilos; más allá, su cama, sobre la que descansa una foto suya y un modesto librero. Porque incluso en una casa diminuta, los libros siempre dan ese inconfundible sentido de hogar.

Pero no es su única residencia en Madrid.

En la calle Arenal, número 8, hay otra casa: de color rosa, con un buzón amarillo que anuncia su presencia. A simple vista parece su hogar principal, no solo porque permanece cerrada, sino porque está muy cerca del Palacio Real, donde se sitúa parte de su historia.

Y aún hay más. En la calle del Pez, en Malasaña, tiene otra vivienda: más modesta, pero igual de entrañable. Allí hay libros, una pequeña mesa con leche y queso, su cama, una patineta, que uno imagina usa para recorrer la ciudad, y fotos: una suya y otra de un diente, quizá como homenaje a todos esos pequeños tesoros que recoge noche tras noche.


El cuento del Ratón Pérez

La historia del Ratoncito Pérez fue escrita en 1894 por el escritor y sacerdote jesuita Luis Coloma, por encargo de la reina María Cristina de España para su hijo, el entonces niño rey Alfonso XIII, de apenas ocho años.

El cuento narra la vida de un ratón que vivía en una caja de galletas. Vestía sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de fieltro y llevaba una cartera roja donde guardaba los dientes de leche que recogía de los niños, dejando a cambio un pequeño regalo.

Y esto es lo bonito de Madrid, que, entre grandes avenidas, museos y monumentos, también guarda espacio para lo diminuto, lo inesperado, lo mágico, como es una ventana minúscula que al asomarte te recuerda que la ciudad, como la infancia, todavía tiene secretos que merecen ser descubiertos.

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