El norte argentino tiene una forma particular de contar su historia, pues no se queda en libros ni museos. Te das cuenta que su historia se deja ver en las calles, con sus hombres con el traje de gaucho, sus iglesias centenarias, sus pueblos originarios y sus mesas servidas con platos prehispánicos, cuyas recetas han sobrevivido por generaciones.
También lo sientes en esa tradición de las peñas, donde la gente canta al sonar una guitarra, mientras los turistas se atreven a intentar los pasos de su tradicional folclore. Así se nos fue develando Salta durante este viaje, entre su legado indígena, su aporte a la lucha por la independencia, su arquitectura colonial, su gastronomía regional y una vida cultural que mantiene su memoria, a pesar del paso del tiempo.
Desde el primer recorrido por el centro histórico, con la Plaza 9 de Julio como punto de partida, quedó claro por qué los argentinos la conocen simplemente como Salta, la Linda. Yo misma, al llegar a ella, solo pude recordar uno de los pueblos más lindos que había conocido en América.
Sí, Salta es linda. Algo que llama la atención de Salta son sus edificios color pastel, incluyendo su catedral y esa paz que transmite, como para que te den deseos de caminarla sin apuros y, siempre, mirando hacia arriba para no perderse nada de su hermosa arquitectura colonial, sobre todo de sus campanarios.
El impresionante peso de la historia
El recorrido no podía continuar sin conocer uno de los episodios más impresionantes del pasado de Salta, el cual se recoge en el Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM), ubicado en pleno centro histórico. Se trata de la conservación de los cuerpos de los tres niños incas conocidos como La Doncella, El Niño y La Niña del Rayo, hallados en marzo de 1999 por una expedición liderada por el antropólogo Johan Reinhard y la arqueóloga Constanza Ceruti. Los cuerpos fueron encontrados en la cumbre del volcán Llullaillaco, a 6,739 metros de altura, considerado el sitio arqueológico más elevado del planeta.
Los niños fueron parte de una ceremonia ritual inca conocida como capacocha, realizada hace más de cinco siglos, pero las el frío extremo de la cima permitió que se conservaran de forma casi intacta, incluso sus cabellos.
Los guías comentan que algunos lo llaman el museo de las momias, al tiempo que se apresuran a explicar que se trata de un hallazgo arqueológico único que debe observarse con mucho respeto.
Visitar este museo permite acercarse un poco más a la compleja cosmovisión del Imperio Inca, la importancia espiritual de las montañas y sus convicciones sobre la muerte. Se ofrecían los niños más perfectos y puros a los dioses, para pedir equilibrio y fertilidad de la tierra. Las familias consideraban un privilegio que sus niños fueran elegidos para la ofrenda.
El héroe gaucho, Martín Miguel de Güemes
Otra parada imprescindible en Salta es el Museo Güemes, instalado en la antigua residencia familiar de Martín Miguel de Güemes, y que ha sido declarada Monumento Histórico Nacional.
La experiencia museográfica se apoya en recursos audiovisuales, proyecciones y efectos sonoros que te transportan desde los primeros años de vida de este héroe salteño hasta los años de la lucha por la independencia argentina.
El primer encuentro es con los cuadros de la madre y el padre de Guemes, contando sobre sus orígenes españoles y su relación con la monarquía. A medida que avanzas por las salas, emerge la figura de quien es, para los salteños, mucho más que un héroe militar. Muchos hombres incluso mantienen la tradición de vivir la cultura de los gauchos y vestir como ellos, emulando con mucho respeto la figura de este hombre.
Güemes lideró la resistencia contra las tropas realistas mediante una estrategia basada en la llamada Guerra Gaucha, organizada junto a su grupo de “Infernales”, jinetes que conocían como nadie la geografía del norte argentino.
Gracias a esas tácticas logró contener repetidas invasiones españolas y proteger una región estratégica para los planes independentistas de José de San Martín, libertador de Argentina.
Su muerte, en 1821, a los 36 años, y atacado por la espalda al salir de su casa, terminó por convertirlo en una figura mítica cuya presencia es visible en monumentos, nombres de avenidas y, sobre todo, en el orgullo de los habitantes de Salta.
No hay posibilidad de pasar por Salta sin oir hablar de Güemes.
Entre calles coloniales, peñas y campanarios

Más allá de ir a un espacio en particular, uno de los grandes atractivos de Salta está en caminarla. Su casco histórico funciona como un verdadero museo al aire libre donde conviven, edificios coloniales, con estatuas que hablan de su historia y tradiciones, plazas arboladas e iglesias centenarias que recuerdan que fue una ciudad relevante del Virreinato del Río de la Plata.
La Iglesia y Convento San Francisco es quizás el símbolo arquitectónico más reconocible de la ciudad, por la altura de su campanario y su imponente fachada rojiza y ocre. Durante una visita guiada, puedes conocer su patrimonio artístico, sus altares, obras religiosas y su histórico órgano y ascender a su campanario, desde donde hay una vista privilegiada del centro histórico.
A pocas cuadras de distancia, está el Convento de San Bernardo, donde aún conviven monjas de clausura de las carmelitas descalzas, que solo abren sus ventanillas para recibir alimentos y otros insumos o para vender alguna artesanía. Este es considerado uno de los edificios más antiguos de Salta y mantiene una atmósfera de recogimiento y silencio.

Salta desde las alturas: el cerro San Bernardo
Después de recorrer la ciudad a pie, llegó el momento de contemplarla desde las alturas. El cerro San Bernardo está a unos 1,500 metros de altura sobre el nivel del mar y ofrece una vista impresionante de toda la ciudad.

Pero, ¿cómo se sube hasta ahí? Algunas personas atléficas lo hacen caminando, corriendo o en bicicletas, otros lo hacen por devoción, como peregrinos, pero en nuestro caso el ascenso al cerro San Bernardo comienzó en el parque San Martín, desde donde parte el teleférico del mismo nombre. A medida que la cabina gana altura, las calles, plazas e iglesias de Salta se hacen más pequeñas para la mirada, pero igualemte se aprecia la inmensidad de las montañas que la rodean.
El trayecto dura unos pocos minutos, y cuesta entre 4 y 20 dólares, dependiendo si eres local, provincial, nacional o extranjero, pero una vez arriba, el mirador ofrece postales espectaculares de toda la provincia, además de un sendero peatonal, canchas deportivas, pargue infantil, puestos de artesanías y comida, así como una llamativa cascada artificial que se liga con la vegetación natural del lugar.

Sabores con historia
El acercamiento a la gastronomía ancestral de Salta tuvo varios capítulos. El primero fue en Casa de Adobe, donde la cocina regional encuentra un escenario perfecto en una construcción tradicional que fue restaurada para acoger este restaurante y un hotel boutique. Allí probamos por primera vez las famosas empanadas salteñas, consideradas entre las mejores del país por su masa fina, su jugoso relleno y una mezcla de especias. También la humita, los tamales y cordero…

Otro momento destacado llegó en Casa del Olivo, donde además de disfrutar su propuesta gastronómica y musical, nos pusimos los mandiles para recibir una clase magistral de asado, una oportunidad para conocer de cerca una de las tradiciones culinarias más representativas de Argentina.

Desde como se encienden las brasas, los diferentes cortes de carne y su maridaje, la experiencia permitió confirmar que el asado es mucho más que una comida, es un ritual.
Otra forma de saborear Salta es visitar sus peñas folklóricas, las cuales son una de las experiencias más auténticas y diversas que puede vivir un visitante. Son espacios donde convergen música, baile, gastronomía y tradición.
En algunas hay artistas y un espectáculo ya montado, pero en las más tradicionales todos cantan a capela o al son de una guitarra hasta que la noche ceda el paso.
La Peña Balderrama es otra de las paradas obligadas del recorrido. Fundada en 1953 y es definida como el templo del folclore salteño y mantiene intacta buena parte de la mística que la convirtió en un lugar emblemático para músicos, artistas y bohemios, entre ellos la famosa Negra, Mercedes Sosa.

Allí, donde la gente hace filas para entrar, fue declarada por el gobierno Sitio de Interés Turístico y símbolo vivo de la bohemia y el folclore salteño.
También hicimos paradas en otras peñas como La Güemesiana y en El Rincón del Molino, donde el folclore se expresa de maneras distintas, alternando espectáculos profesionales con momentos más espontáneos, donde todos levantan sus servilletas blancas y se suman al baile, aún sea desde sus asientos.
Si quieres vivir una noche con el ambiente de las peñas salteñas, gran parte de ellas se concentran en la tradicional calle Balcarce, donde los músicos callejeros, los turistas y bailarines de zamba y chacarera toman las aceras y hasta el medio de la calle para disfrutar.
Al concluir el viaje, queda la sensación de que Salta es realmente linda, desde sus paisajes, sus tradiciones y su gente. Sobre todo, Salta tiene la belleza de la autenticidad, porque ni esos bailes tradicionales, esas mesas con platos prehispánicos, ni el hombre que camina con su traje de gaucho son una puesta en escena para los turistas, sino más bien una muestra de su cotidianidad.

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