Se acabaron las vacaciones y la maleta se convierte en una especie de último refugio del verano. Está en medio del dormitorio, con ropa que huele a crema solar o a salitre, arena que aparece en el suelo y un traje de baño que todavía no hemos metido en la lavadora. Y aunque sabemos perfectamente que hemos vuelto, hay algo de nosotros que todavía sigue allí, en ese lugar que apenas unas horas dejamos atrás.
Llegamos a casa, abrimos las ventanas, ponemos una lavadora, hacemos una compra de emergencia porque en la nevera solo queda agua, medio limón descompuesto y un yogur que caducó hace tres días. Y dejamos la maleta en una esquina, con la promesa de “Ya la desharé mañana.”
Pero mañana tampoco.
Al día siguiente sacamos el neceser, el cargador del móvil, uno de los 4 bañadores que te llevaste, quizás un par de camisetas. Lo imprescindible. El resto permanece ahí dentro, medio abierto, pues todavía seguimos procesando que hemos vuelto de verdad.
Y pasan los días.
La maleta empieza a formar parte de los enseres de la habitación. Ya no la vemos y ni siquiera nos molesta. Está ahí, junto a la cama o en el pasillo, recordándonos silenciosamente que hace unos días estábamos en otro sitio.
Y quizás no la deshacemos porque seamos vagas o vagos, quizás no la deshacemos porque deshacerla es admitir que hemos vuelto.
Porque mientras la maleta sigue abierta todavía queda algo de las vacaciones dentro. Ese simple gesto sin importancia tiene la función de demostrar que aquello sí ocurrió. Que durante unos días no sonó el despertador. Que comimos sin mirar la hora. Que caminamos sin saber exactamente hacia dónde. Que hubo tardes que parecieron durar mucho más de lo normal.
La maleta es una especie de cápsula del tiempo y deshacerla significa devolver cada cosa a su lugar. Los trajes de baño al cajón. Las chancletas al armario. El neceser al baño. La maleta, vacía, a su lugar de siempre…
Porque las vacaciones tienen una peculiaridad extraña: mientras estamos en ellas, sabemos que se van a terminar. Pero hacemos como si no. Nos convencemos de que todavía queda una semana. Luego tres días. Luego mañana.
Hasta que llega el momento de volver y descubrimos que el verano no termina de golpe, termina poco a poco. Con el despertador del lunes. Con el primer tapón en el tráfico. Poniéndote al día con el trabajo que dejaste. Con la agenda que empieza a llenarse y que no te da tiempo ni para respirar. Con las tardes que se hacen un poco más cortas y no te da rejuego para muchas cosas que quieres hacer.
Quizás por eso tardamos tanto en deshacer la maleta. Porque no queremos guardar el verano, queremos conservar la persona que fuimos durante esos días: la que tenía tiempo, la que no miraba el reloj, la que podía sentarse a comer sin pensar en lo siguiente.
Pero las vacaciones no deberían ser el único lugar donde nos permitimos vivir así.
Quizás volver no consiste en cerrar la maleta y olvidarnos de todo hasta el próximo verano. Quizás consiste en mirar qué hemos traído dentro y preguntarnos qué parte de esa vida podemos hacer sitio en la nuestra.
Porque el verano se acaba. La maleta se deshace. La rutina vuelve. Y lo verdaderamente triste no sería volver, sino volver exactamente a la misma vida de la que necesitábamos escapar.
Deja un comentario